El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró una pandemia el brote de COVID-19. El nuevo virus ya se estaba extendiendo como la pólvora por toda Europa y comenzaba a saltar, con la misma velocidad, hacia el Continente Americano.

En España, hasta la fecha se han notificado 3,18 millones de contagios y 72.258 fallecidos. Hasta el 8 de marzo de 2021, un total de 22.082.983 casos de COVID-19 han sido registrados en América Latina y el Caribe. Brasil es el país más afectado por la enfermedad en la región, con alrededor de 11 millones de casos confirmados. Colombia se ubica en segundo lugar, con más de 2,27 millones de infectados. México, por su parte, ha registrado un total de 2.128.600 casos. Dentro de los países más afectados por el nuevo tipo de coronavirus en América Latina también se encuentran Argentina, Perú, Chile y Ecuador.

A escala global, en un año de pandemia, ha habido más de 2,6 millones de muertos por COVID-19 y 117 millones de contagiados.

Cuando se detectó el primer caso en China en diciembre de 2019, los efectos del virus SARS COV-2 eran desconocidos para pacientes, médicos, gobiernos y científicos. Pero en los últimos 12 meses la ciencia ha recopilado una enorme evidencia sobre el nuevo coronavirus; la forma en la que se transmite, como se reproduce en el organismo, la manera más efectiva de evitarlo y tratarlo.

Aún así las principales incógnitas siguen sin tener respuesta y los próximos meses van a ser decisivos para conocer el impacto real del virus en el mundo.

Efectos a largo plazo de la enfermedad

Una pregunta que siguen planteándose los científicos es por qué en la mayoría de los infectados el virus produce síntomas leves a corto plazo; una ligera enfermedad respiratoria aguda o posiblemente ningún síntoma.

Sin embargo, a otras personas les provoca síntomas de larga duración (COVID-19 prolongado). Esta forma de la enfermedad se caracteriza por síntomas que incluyen dificultad para respirar, fatiga prolongada, dolor de cabeza y articulaciones y pérdida de olfato y gusto, durante más de 8 semanas.

Los científicos están tratando de entender qué pacientes podrían resultar afectados por la COVID prolongada y cuánto tiempo podría durar el impacto del virus (no solo en la salud, sino social y económico), así como averiguar cuál será su impacto epigenético. Es decir, ¿se transmitirán sus efectos de generación en generación?

¿Cómo va a evolucionar el virus?

Cada vez que el coronavirus se transmite de una persona a otra, puede realizar pequeños cambios en su código genético, y los científicos están comenzando a identificar patrones en la forma en la que el virus está mutando. Estos signos de adaptación del virus no sorprenden del todo a los científicos; son conocidos por otros virus u hasta el momento no se han detectado mutaciones que recaben especiales cambios.

Cada vez que el coronavirus se transmite de una persona a otra, puede realizar pequeños cambios en su código genético, y los científicos están comenzando a identificar patrones en la forma en la que el virus está mutando. Estos signos de adaptación del virus no sorprenden del todo a los científicos; son conocidos por otros virus u hasta el momento no se han detectado mutaciones que recaben especiales cambios.

El tema de las mutaciones del coronavirus, un año después de que comenzara la pandemia, está cobrando ahora mucha importancia y son muchas las variantes del virus que se están sucediendo en diversas zonas geográficas.

Esto lleva a preguntarnos si las recientemente aprobadas vacunas sean menos efectivas, si deberán cambiarse los tratamientos o medidas de contingencia o si podemos volver a infectarnos con otra variante.

Hasta la fecha hay poca evidencia de que lo sean, pero los científicos ya están comenzando a explorar cómo mutará el virus en el futuro y algunas compañías farmacéuticas ya están actualizando sus vacunas para dirigirlas a las versiones mutadas de la proteína espiga del SARS COV-2.

¿Se avecina una nueva pandemia?

La pandemia de COVID-19 tomó por sorpresa a gran parte del mundo. Pero no a todos.

Durante años, epidemiólogos y otros expertos han advertido que nos debíamos haber preparado para una pandemia mundial. La mayoría de las enfermedades que preocupan a los expertos se originan en animales. De hecho, el 75% de las enfermedades emergentes son zoonóticas.

Nuestro efecto sobre el clima, la invasión de los hábitats de la vida silvestre y los viajes globales han ayudado a difundir enfermedades transmitidas por animales. Esto, combinado con la urbanización, la superpoblación y el comercio mundial, han creado un escenario ideal para que se produzcan más pandemias.

Ahora, un año después de la pandemia de coronavirus, los científicos continúan vigilando el entorno y evaluando cuáles son las otras enfermedades que tienen probabilidades de causar la próxima pandemia mundial; desde los camellos que causan el MERS en África hasta los murciélagos que propagan el virus de Nipah en Asia.

¿Cuál es el impacto ambiental de la pandemia?

La contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero se redujeron en todos los continentes a medida que los países intentaban contener la propagación del nuevo coronavirus e impusieron confinamientos globales. Pero éstas volvieron a aumentar rápidamente durante el resto del año.

En general, las emisiones de CO2 se redujeron un poco más del 6% en 2020. pero una pandemia mundial que se ha cobrado la vida de millones de personas no debería verse como una forma de provocar un cambio medioambiental.

Habrá que evaluar cuando la pandemia finalmente ceda, si volveremos a los mismos niveles de emisiones de dióxido de carbono y contaminantes de antes de esta. Los expertos creen que los cambios que realizamos durante la pandemia pueden conducir a la introducción de hábitos duraderos.

Durante el brote de coronavirus, vimos cómo la reducción en los viajes y el transporte trajo beneficios para el clima y cómo se logró reducir el desperdicio de alimentos por los temores de escasez durante los confinamientos.

Existe la posibilidad de que la pandemia tenga un impacto más duradero en el medio ambiente, y los ambientalistas se preguntan si la forma en la que respondimos a la crisis de COVID-19, podría servir como modelo para responder al actual cambio climático.